domingo, 12 de junio de 2011

EL SERMON DEL MONTE 6/20


La sexta bienaventuranza dice: "Bienaventurados los de limpio corazón porque verán a Dios."  Nadie es perfecto. Todos hemos hecho cosas buenas y malas en la vida. ¿En qué se basa Jesús para poner unos a su derecha y otros a su izquierda? Los de la derecha verán a Dios eternamente y para siempre a su lado y los de la izquierda lo verán el día del Juicio Final para ser condenados y no verlo nunca más.
Todos somos pecadores y todo corazón se ha ensuciado; de lo contrario, no haría falta que Jesús viniera a salvar al mundo. Si alguien fuera perfecto, cuyo corazón nunca se hubiese ensuciado de pecado, no necesitaría a Jesús para que lo salvara. Somos descendientes de Adán y Eva, quienes pecaron por causa de la serpiente. Ahora Jesús está poniendo al ser humano ante la ocasión que acepte o rechace la posibilidad como si la serpiente nunca hubiese aparecido.
Adán y Eva estaban con Dios en el paraíso hasta que apareció Satanás en forma de serpiente. La naturaleza de todo ser humano es de obedecer a Dios y no pecar nunca, mientras no aparezca el tentador. Al tentar Satanás a Eva, la venció, se la hizo suya y la usó para tentar a Adán. Ambos cayeron en la tentación y nosotros somos fruto de su simiente. En el lugar de Adán y Eva, cualquiera de nosotros, tarde o temprano, en algún momento de la eternidad, también caería en la tentación.
Por esto es tan importante que nos conozcamos bien a nosotros mismos; desde el origen más remoto para poder analizar con justicia el significado de las palabras de Jesús.
El instinto de un bebé es llamar la atención ante una necesidad. Si tiene hambre, ganas que lo cojamos en brazos o siente dolor, llora. Es su manera de manifestarse ante la imposibilidad de poderse comunicar verbalmente o solucionar sus necesidades por sí mismo. Va creciendo y se le desarrolla un instinto que nadie le ha enseñado. Si ve a un hermano que come una galleta, él también la quiere y si se presenta la ocasión, se la quita. Es la semilla que hemos heredado de Adán y Eva. Lo de limpio corazón lo tenemos mal si no es a través del sacrificio de Jesús.
Lo contrario, la voluntad de Satanás, sería que el corazón estuviera bien sucio. Es el caso de los espiritistas. Lo suyo es vivir para pecar. Aceptan que se les engañe y viven engañándose a sí mismos y a otros. Estos están encadenados a Satanás. Sus ataduras pueden ser rotas por Jesús. Por esto envié a los espiritistas que me querían matar a Iglesias Evangélicas. Una vez derrotados espiritualmente, estaban encadenados con el diablo y necesitaban liberarse. En lugar de ello, siguieron en la Iglesia Satánica, invocando a su derrotado jefecito. Pobre diablo y pobrecitos diablillos. Tiene que ser duro vivir siendo poseído por un demonio en el cual se ha confiado el alma para toda la eternidad y al primer encuentro con un cristiano, ZAS, demonio muerto y bien muerto. ¡MENUDO PLACER QUE ME HAN DADO!, ni se lo imaginan. Además, me mandaron al resto de demonios contra mí.
Siendo yo bienaventurado, los contrarios demonios malaventurados, resultaron también derrotados. En lugar de obedecerme y tener mi amistad, me desobedecieron e hicieron más daño, en contra de lo estipulado hasta por su propio jefe.
Ahora se lo gastan en medicamentos. Como paga la Seguridad Social, no les importa mucho. Hasta que no se resuelva mi caso ante la justicia, los millones de euros en medicamentos de los derrotados no cesará. La Justicia parece no tener prisa y mientras tanto, todos perdemos.

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